Como una forma de lograr que las cosas no se las lleve el tiempo, es decir, tratando de fijarlas en papel como hacen los fotógrafos, he decido colaborar con la muy ciudadana Plaza de las Letras. Mi colaboración, espero, tendrá la regularidad de mis salidas a terreno: cada tanto me toca internarme por sitios que poseen al menos un halo de literatura. Sitios donde casi siempre pasan cosas. Si no pasara nada no asistiría a ni una cuestión. No me gusta perder el tiempo.Así pues, dejando de lado esa latera introducción necesaria por una vez, entraré en materia...
Resulta que hace tiempo viene desarrollándose un evento poético al que llaman Radio Manini. No se cual es el origen del nombre, pero uno de los “productores” se hace llamar Emilio Manini. Sospecho que ese no es su nombre. El otro productor es un argentino de Rosario, hincha de Rosario Central. Y el tercero, que no siempre se le ve, es Patraña. Un personaje al que me referiré sin duda en futuras “crónicas”. Entre los tres se toman el escenario, que es una mesa en un rincón, y simulan que se hallan en una radio. Fantasía interesante que trata de ser mas que una mera tramoya; usan el formato como soporte de una literatura oral que, se cree, está perdida en nuestros días de exceso de multimedia. Por supuesto que no está. Goza de excelente salud; para que se enteren los señoritos.
Para contextualizar, la última “Radio Manini” se realizó el 8 de noviembre en el Bar La Trifulka, ubicado en Campo de Deportes con Irarrazabal, ¡aproximadamente!, no falta el pastel que alega que le di mal la dirección. Llegué como otras veces, solo y en mi bici. Porque así es de audaz este reportero. Entré por una puerta de bastante mal aspecto. Hay un pasillo oscuro, parece que te fueran a salir unos neonazis a cogotearte o a mandarte al infierno por no pertenecer a una raza superior. Pero no. Pura gente “ñuñoina” que en mi vida había visto esperando que llegaran “los poetas” y “los rockeros” a hacer Rock y poesía, obviamente. ¿Patraña? no estaba. Poetas tampoco había. Así que los productores que quedaban me dijeron que me subiera a leer unos textos. Cosa que hice. Después de leer el primer texto (mi archirrepetido “Rebelión de las flores”) escuché “Chamorro, léete algo sexual”. Eran unas minas harto ricas que se hallaban en un rincón. Para mi mala suerte no andaba con nada sexual. Salvo yo mismo, claro. Pero ellas parece que querían literatura.
Al rato salieron los rockeros. Una cosa medio mezcla entre “Los bunker” y “Tronic”. O sea, los gallos escuchaban pura Rock and Pop. Pero viejones, o sea, con complejo de Peter Pan. Yo estaba con un poeta mapuche, cuyo nombre no retuve y una mina gordita resimpática y rebonita, que si hubiera estado sola y con más ganas de amar me la llevaba a la calle y de ahí directo a mi cama.
Cada tanto me llamaba mi polola para preguntarme cosas y, al final, parecía con tan poco futuro el carrete, aparte que me tenía que levantar como a las 6:30 al día siguiente, que decidí retirarme. Me despedí de la chiquilla. Le dije “ojalá nos veamos de nuevo” y ella parece que quedó bastante feliz con eso. Volví al pasillo neonazi. Intenté subirme a mi bicicleta. Costó la cosa, por lo ebrio de THC que andaba. Me acuerdo poco de la vuelta y me tinca que anduve a exceso de velocidad. En fin. Carretear día miércoles es lo peor. Carretear con poetas, peor aún.
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